Pedro Molina: “La felicidad del hombre está en hacer lo que uno quiere”.




Publicado by Laura Melis

http://argentinafolclore.com/argentinafolcloreblog/2007/12/20/pedro-molina-%E2%80%9Cla


Pedro Alberto Molina es uno de nuestros más trascendentes grabadores. Nació en la capital riojana, pero a muy temprana edad se trasladó con su familia a Pinchas. Desde niño comenzó a dibujar frente a un hotel que tenía su padre. Se formó en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba y continuó sus estudios en el Instituto Superior de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán, graduándose como Licenciado en Artes Plásticas (1962). Durante su experiencia tucumana -que resultará fundamental para su formación-, actúa como ayudante-alumno del gran Pompeyo Audivert. Profundamente interesado en el arte precolombino y el barroco Iberoamericano, realiza varios viajes de estudio por el norte de Chile, Bolivia y Perú. Entre 1966 y 1970 reside en España, perfeccionándose en Litografía en el Conservatorio de las Artes del Libro de Barcelona y en Grabado Calcográfico en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Entre tantas cosas, también fue Director General de Cultura de la Municipalidad de la Ciudad de La Rioja. Pero más allá de su profuso currículum el “Macho” Molina es un personaje singular, gran contador de historias y leyendas regionales, artista trashumante, bohemio infatigable y compañero de aventuras de grandes músicos como el Cuchi Leguizamón y Atahualpa Yupanqui.
Argentina Folclore se dirigió a su casa en la Rioja, donde funciona su taller. En esa reunión, Molina compartió las experiencias adquiridas a lo largo de esta fecunda carrera.



- ¿Cómo le surgió la idea de recorrer tantos lugares?
- Siempre discuto con la gente joven que para ser alguien importante, además de ser autodidacta hay que aprender de alguien, porque la formación académica sostiene cualquier audacia que uno pueda hacer después en plástica. Aunque estuve en Europa y ví a los grandes maestros siempre traté de no perder la raíz, eso folklórico que va a lo mítico, a la cosa más profunda que tanto investigó Columbres. Recuerdo que un libro que fue fundamental para mi fue “El país de la selva” de Rojas donde están todos los mitos.

- ¿Cuáles fueron sus influencias?
- Recuerdo que cuando hice una muestra en La Rioja hace mucho años, un crítico de un diario me comparaba con Sabogal, un grabador peruano y con Guadalupe Posada y yo decía “¿Quiénes serán?”. Posada fue un gran creador pre-revolucionario que era un grabador popular que andaba por las imprentas para hacer la noticia del día: crímenes, terremotos, se especializó en accidentes y siempre estaba en ese movimiento. Esa fue una de mis primeras influencias. Una época viví en México y me dediqué a estudiar a esos grabadores populares. El grabado fue mi fuerte; estuve con Audivert, con otros grabadores y además me dediqué toda mi vida a pintar, a dibujar. Para mí el gran maestro del siglo veinte fue Antonio Berni, también Lino Spilimbergo y Gómez Cornet. En Buenos Aires: Victorica y Quinquela Martín. También los escultores Pepe Alonso, el Negro Juárez y eso nos fue nutriendo. Alguien dijo que la creación viene cuando se olvida todo lo aprendido, pero para olvidarse lo aprendido hay que aprender antes (risas). Cuando uno hace algo, no lo está inventando, sino que uno ya lo tenía asimilado y aflora en el caso de esa necesidad.
A diferencia de los artistas modernos que trabajan con computadoras, los llamados conceptualistas, minimalistas, yo sigo siendo un tipo expresionista que me gusta la textura. Actualmente el arte se ha vaciado de contenidos, si uno va a Buenos Aires ve al Pato “Donald”, al perro “Pluto”, a “Mickey” como una desnaturalización de contenido y es lo que viene después del liberalismo y el capitalismo, que hacen que ya no haya regionalismo. Porque el regionalismo trae implícito un negro, un tipo descalzo con machete. La globalización hace que todos nos veamos iguales y una cosa tan seria como el arte no puede estar vacía de contenidos.

- ¿Y como nació su relación con la música?
- Cuando fui a Córdoba a estudiar, casi me muero de hambre y frío. En Tucumán me avivé un poco, entonces comencé a contar cuentos. Allí conocí en los valles a los cantores de Tafí del Valle y Amaicha. En Salta fui a dar un curso y conocí a Ariel Petrocelli, Jaime Dávalos, Manuel Castilla y al “Cuchi” Leguizamón, del cual fui amigo. También del “Pato” Gentilini y “Chivo” Valladares en Tucumán. Allí me fui alimentando y además un poco por diversión entré a cantar con ellos, tal es así que en los años posteriores a la celebración de los 500 años me invitaron a exponer en Puerto de Palos, Huelva y fui con mi caja y canté con Pancho Cabral que tenía un conjunto que se llamaba “Resolana” y él me presentó como el vidalero de Aimogasta (risas).
También fui muy amigo de Mercedes Sosa antes de que ella triunfara. Siempre fue triunfadora, pero hablo antes de que fuera reconocida. Cuando yo era secretario de un centro de estudiantes en Tucumán, en los años sesenta le auspiciamos un recital. Y así fui conociendo muchas personas.
Como voy siempre a Tilcara, ahí conocí a mucha gente: a Tomás Lipán, al “Burro” Lamadrid. Es gente que siempre me alimentó con su inteligencia, su buen humor, con las canciones que tanto escuché de ellos y si no le puse más énfasis o estudio a la música es porque no se puede hacer todo. Hice lo que yo quería y a donde se me dio la oportunidad, nunca forcé ninguna ocasión. Estoy contento de haber tenido tantos amigos en la parte musical.

- ¿Por qué eligió Tilcara como su segundo hogar?
- Ante todo por la grandiosidad del paisaje. El pueblo es muy original porque generalmente los pueblos de origen indígena no quieren saber nada con gente foránea. Pero ahí se soportan hasta a los hippies (risas), es una convivencia muy fructífera. Una vez Patiño notó que es un pueblo musical, cada banda no lleva menos de 30 integrantes entonces no podemos sacar la cuenta de cuantos músicos habrá (risas). Atrae el carnaval, semana santa, la pachamama que no es una sola fiesta es todo el mes, la fiesta de San Roque y además las celebraciones de los pueblos vecinos. Son fiestas híbridas, campesinas y de raíz indígena. Yo fui por primera vez en el ´78 cuando me dieron un premio y aproveché para buscar a un tipo que me había robado unos cuadros. Entonces una funcionaria de cultura me invita a quedarme, yo le dije que estaba echado por Bussi y ella me dijo que en Tilcara la situación era diferente. Me invitaron a poner en funcionamiento la Escuela de Artes y cuando vino la democracia estuve algún tiempo allí. Mis hijos andaban por todos esos lugares y una hija se quedó a vivir allá.


- ¿Qué trabajos realizó conjuntamente con los músicos riojanos?
- Ilustré un disco de Pica Juárez que ya va a salir, pero anteriormente hice un disco que se agotó totalmente que editó Hugo Casas a donde la primera canción es de Peteco (Carabajal) y hay mucha gente de La Rioja y Buenos Aires. También en la contratapa de “La Cantata Riojana”, hay una acuarela sobre el asesinato en Barranca Yaco. Mi gran frustración fue no hacerle la tapa a un disco de Don Atahualpa Yupanqui que una vez me pidió uno de mis trabajos para Odeón de Madrid. Yo había hecho dos trabajos pedidos por él. Cuando los llevo, los brutos estos que eran medio españoles y medio yankees me dijeron: “No, nosotros queremos la foto de don Atahualpa” y mandaron la foto. Pero a él le gustaba todo lo que yo hacía.

- ¿Como se conocieron con Atahualpa?
- Lo conocí en el ´69 en la casa de un amigo cuando fue por primera vez a Madrid. En la cena le pidieron que toque algo y él dijo: “No hay problema pero primero quiero escuchar a este señor porque no hay riojano que no sea vidalero” y yo canté para él una vidala riojana. Luego Atahualpa se fue a vivir a Francia y cuando regresó a Buenos Aires, seguimos manteniendo una relación muy fructífera.

- ¿Como reciben sus obras en el mundo?
- Muy bien, a los argentinos en Europa nos ven como grandes pintores, pero dicen que no tenemos personalidad porque siempre estamos viendo el último libro que viene de París, Milán o Nueva York. Yo, estando en Tilcara vendo muchas obras a franceses, australianos y norteamericanos. Les llama la atención que yo rescate la esencia de acá.
-

¿Le queda alguna cuenta pendiente?
- Siempre la de seguir perfeccionándome. He visto a tantos colegas que cuando se mueren se desperdigan sus obras. Entonces, estoy haciendo enmarcar todo para dejar armado toda una miscelánea, un pensamiento, una imagen de un mundo que está cambiando, con respecto a la raíz y a la personalidad. Recuerdo un libro que publicó la Universidad de Tucumán que se llamaba “El mundo que se va”, entonces quizás esto después se vea como algo histórico.

- ¿Una satisfacción?
- Hice lo que sentí, porque cuando era niño mi padre quería que estudie una carrera formal y me mandaron a Córdoba a estudiar derecho y yo me fui a la Escuela de Bellas Artes.

La felicidad del hombre está en hacer lo que uno quiere.

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