Wachiturraje por Sixto Vázquez Zuleta –Toqo

Wachiturraje La sintaxis bailantera, el habla popular y la lengua indígena que vuelve por sus fueros Solamente para analizar los nombres de los conjuntos, bandas o agrupaciones, los lingüistas tendrían mucho para analizar; lo cierto es que en el mundo bailantero los nombres juegan un papel importante; sólo que aquí, al revés que en la medicina, esos nombres no han sido puestos por ilustrados ni literatos, sino al igual que los apodos, por el ingenio y la perspicacia de los verdaderos creadores de lengua. Así como los científicos crean nombres enraizados en las venerables lenguas europeas: latín y griego, y los publicistas en las lenguas europeas contemporáneas, el pueblo busca sus vocablos en los idiomas que ha creado, bien propios por lo tanto, como el lunfardo, o las lenguas indígenas. En esa matriz se engendran nombres eufónicos, significativos y precisos por lo originales, como el nombre de una banda, que podríamos decir la más acabada y pura expresión del habla popular actual. Wachiturro Como los medios la han puesto de moda, todos escuchamos diariamente esta palabra, proveniente del habla popular rioplatense, que ha cobrado últimamente gran popularidad al ser adoptada como denominación por un grupo de música bailantera. Pero en el terreno gramatical y literario, es doblemente interesante, porque por primera vez en el lenguaje argentino se da la unión, mejor dicho fusión, gramaticalmente llamada aposición, de dos sustantivos totalmente disímiles por su procedencia. Turro Entre los jóvenes, turro es una persona que normalmente escucha cumbia y a la cual le gusta vestirse con ropa deportiva de marca, pero generalmente trucha. Los mayores le dan sentido peyorativo, como un hijo de su madre que emputece a los demás. Es un lunfardismo de pura cepa fácilmente reconocible por un hablante de nuestro país, ya que tanto la literatura como los medios de comunicación se han encargado de difundirlo ampliamente. El argentino, especialmente el rioplatense, lo entiende perfectamente. El del interior lo conoce, pero no lo utiliza, igual que “chorro” y tantos otros. En cambio, wachi es un vocablo prácticamente desconocido fuera de las provincias norteñas. Wachi El quechua, o quichua, como dicen los santiagueños, para volcar sus sonidos al español, usa diferentes letras o sus combinaciones, que en definitiva suenan y se utilizan lo mismo: wachi, guachi o huachi (recordemos el conjunto “La tropilla de Huachipampa”). Esta palabra es netamente de un idioma indígena andino, que se utiliza hasta ahora en la música. Efectivamente, se llama Wachitorito un villancico bailable, una adoración que se baila hasta ahora en el tiempo de Navidad en los pesebres que se arman en Salta y Jujuy, una tradición católica y bien española. Ahí se entroncó, se fusionó el español con el quechua en una palabra compuesta. Torito huérfano, torito solo, toro guaccho. Porque wacchi viene de huaccha o uájcha, pobre y huérfano (utilizado en guaschalocro, comida de pobre), que se españolizó como guacho, con el mismo significado. ¿Recuerdan “Guacho”, película argentina de 1954? Esta palabra es muy común en las lenguas indígenas de Sudamérica: huajcha (huérfano en aimara) y huachu (hijo ilegítimo en mapudungun). Pero el lunfardo tomó guacho, wacho, huacho y lo lunfardizó, le dio otro sentido. Guacho, significa o se le dice a alguien que se hace el canchero, el que se las sabe todas, pero en realidad no es así, es un falso; ese apelativo designa a un agrandado que se cree lindo, el mejor y re inteligente, “hecho el bueno”; y “guacho pistola”, en realidad hace alusión a un cowboy cuando revolea los revólveres haciéndose el canchero en una película de vaqueros. Palabras compuestas Hasta ahí las palabras aisladas. Veamos ahora el matrimonio de ambas, la aposición, que se define como una construcción de dos elementos gramaticales unidos, el segundo de los cuales especifica al primero. En Wachiturros, aparte del significado hay dos sustantivos en aposición. El que hace de adjetivador va adelante, indicando clase, pertenencia, origen. Igual que en el runa simi, nótese el hecho ya mencionado de la fusión del quechua con el lunfardo y, menos advertible, pero igualmente importante, la adopción para ello de la sintaxis indígena. Efectivamente, y siempre en la semántica bailantera: “Pibes Chorros”, responde a la tradicional semántica occidental, europea y cristiana, el adjetivo calificando al sustantivo va después. En cambio en el quechua cuando un sustantivo adjetiva a otro sustantivo, el adjetivo va antes: Abra Pampa (Pampa del Abra). Que se una o no, es otra cuestión, que obedece ante todo a la eufonía y para ello es necesario que los nombres sean cortos y unibles eufónicamente, es decir que la nueva palabra suene bien. El pueblo no dice Turros Wachos. Toma inconscientemente la sintaxis indígena y dice Wachiturros. Lo mismo que tendría que decirse –y escribirse– Cabracorral, Abrapampa, Vallegrande. Pero por un mal entendido purismo –o por que no se sabe cómo proceder– se los separa. Otras lenguas europeas no tienen ese prurito. El inglés por ejemplo, El inglés no dice “plaza Trafalgar”, dice Trafalgar Square. No dice “puerto del aire”. Junta los dos sustantivos y dice “aeropuerto”. Volviendo a estos tipos de sustantivos compuestos: Se forman por la unión de dos sustantivos de una misma lengua, de una lengua extranjera con una española, del lunfardo con el español, lunfardo con lunfardo, lengua indígena con español, lengua indígena con lengua indígena o lunfardo con lengua indígena. Lengua extranjera con lunfardo o lengua indígena con lengua extranjera, todavía no se ha dado, que yo sepa. ¿Se dan cuenta que es una combinación mendeliana? O algo como las tablas de mestizaje que crearon los españoles para sus colonias. Esa es la vitalidad, el condimento del lenguaje. Y no es un invento foráneo, sino simplemente el resultado de permitir al pueblo que se exprese. Falta analizar y sistematizar sus invenciones, notables últimamente en el lenguaje interneteano y de los celulares.
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