Investigación en función del beneficio económico


En 2001, el grupo de Médicos sin
Fronteras (MSF) para el estudio de las
enfermedades olvidadas publicó un informe
titulado Desequilibrio fatal que
impactó a la opinión pública. MSF
montó una exposición itinerante para
dar a conocer mejor los resultados de su
investigación. El informe concluyó que
las enfermedades que afectan principalmente
a los pobres no tienen demasiadas
opciones terapéuticas disponibles y
casi no se investigan, a pesar de que
afecten de forma grave o mortal a millones
de personas y sean potencialmente
curables. Las enfermedades que
afectan principalmente a los pobres se
investigan poco y las enfermedades que
afectan sólo a los pobres no se investigan
nada. Algunas de estas últimas no
tienen opción terapéutica alguna, como
la fase crónica de la enfermedad de
Chagas, una infección que afecta a millones
de personas en Latinoamérica.
El título del informe, Desequilibrio
fatal, se refiere al hecho de que sólo el
10% de la investigación sanitaria mundial
(la de las compañías farmacéuticas
más la de todos los gobiernos y universidades
del mundo) está dedicada a
enfermedades que afectan al 90% de
los enfermos del mundo. Es conocido
el escandaloso desequilibro de riqueza
de nuestro mundo, donde el 20% de la
población mundial disfruta y malgasta
el 80% de la riqueza del planeta, y el
80% de la población malvive y muere
con el 20% restante de los recursos.
Podría pensarse que en el ámbito de las
enfermedades el desequilibrio podría
corregirse en parte porque es un tema
que despierta la compasión y las ganas
de ayudar, y donde hay muchas organizaciones
internacionales implicadas…
Pues bien, el desequilibro entre
pobres y ricos propio de nuestro mundo
no sólo no se reduce en cuanto a la
disponibilidad de medicamentos, sino
que resulta mucho peor. El 90% de los
recursos sanitarios son dedicados a investigar
las enfermedades que afectan
al 10% de los enfermos (los del Primer
Mundo), y sólo un 10% de los recursos
se dedican a investigar las enfermedades
que afectan al 90% de los enfermos.
Este dato se conoce como “desequilibrio
Las enfermedades tropicales son enfermedades
olvidadas. Del total de 1.393
medicamentos comercializados entre
1975 y 1999, sólo 13 (1%) estaban
destinados al tratamiento de una enfermedad
tropical. Las enfermedades olvidadas
incluyen: la malaria, la tuberculosis,
la enfermedad del suelo
(tripanosomiasis africana), la enfermedad
de Chagas (tripanosomiasis sudamericana),
la úlcera de Buruli, el dengue, la
leishmaniasis, la lepra, la filariasis y la
esquistosomiasis. Excepto las dos prime-
ras, todas estas enfermedades afectan casi
exclusivamente a los pobres.
Hasta hace muy poco, los pacientes
que sufrían la enfermedad del sueño sólo
tenían una opción terapéutica, muy
dolorosa y altamente tóxica, porque el
medicamento contenía arsénico. Para
los que sufren de forma crónica la enfermedad
de Chagas, no existe aún tratamiento
(la enfermedad sólo se da en
Latinoamérica y recibe el nombre del
médico brasileño que la describió por
primera vez en 1909). El agente causal
es un parásito trasmitido por insectos
que pican a las personas y les inoculan
la infección. La fase aguda tiene una
mortalidad muy alta, sobre todo en niños,
y la fase crónica tiene un 32% de
mortalidad por las lesiones cardiacas y
digestivas ocasionadas por la multiplicación
del parásito. Se estima que unos
20 millones de personas sufren dicha enfermedad.
Los autores del informe de MSF, en
colaboración con la Escuela de Salud
Pública de Harvard, enviaron un cuestionario
a las 20 compañías farmacéuticas
más importantes del mundo solicitándoles
información sobre sus
programas de investigación. Sólo 11
empresas respondieron; entre ellas, 6 de
las 10 más importantes. Como hemos
visto, estas compañías son gigantes empresariales
con miles de millones de beneficios
anuales. De estas 11 empresas,
no había ninguna que investigara la enfermedad
del sueño y sólo 3 invirtieron
algo en una de las otras dos enfermedades
más olvidadas del mundo: la enfermedad
de Chagas y la leishmaniasis.
Se puede objetar que las empresas
privadas tienen derecho a invertir su dinero
allá donde les plazca, pero resulta
que el dinero que financia las investigaciones
no es sólo privado, sino que en 6
de las 11 compañías procedían de convenios
con la sanidad pública. Es decir,
que el público en general pagamos dos
veces por el mismo producto y, además,
no tenemos control democrático sobre
las prioridades con que se gasta dicho dinero.
Pagamos primero para financiar
las investigaciones y después para adquirir
el producto. ¡Así no es de extrañar
el nivel de beneficios! De los 17 ensayos
clínicos que validaron los 5 medicamentos
más vendidos durante el
año1995 (Zantac, Zovirax, Capoten, Vasotec
y Prozac), sólo 1 había sido financiado
por la industria farmacéutica. Del
conjunto de estudios que fueron relevantes
para llegar a desarrollar estos cinco
medicamentos, sólo un 15% fueron
financiados por la industria farmacéutica;
el 55% del trabajo de investigación
provino de NIH (institución pública que
depende del gobierno de EEUU y es financiada
a través de los impuestos) y el
30% restante, de instituciones académicas
de fuera de EEUU, financiadas en su
mayoría también con dinero público50.
Un estudio de The Boston Globe sobre
los 50 medicamentos más vendidos del
1992 al 1997 demostró que 45 habían recibido
financiación pública51. Los investigadores
de MSF dejan claro que no
son sólo los laboratorios los responsables
del desequilibrio fatal, sino todas las
instituciones públicas y privadas que colaboran
para que la producción de medi-
camentos se oriente de forma exclusiva
a la ganancia económica y se menosprecie
el sufrimiento de los enfermos52.
Si, como hemos visto, las enfermedades
más estudiadas no son las enfermedades
más graves que afectan a la humanidad,
¿cuáles son, pues? Según el mismo informe
de MSF, en 2001 la mayor parte
de los esfuerzos financieros e intelectuales
de la investigación sanitaria de todo
el mundo fueron destinados a investigar
la impotencia, la obesidad y el
insomnio53.
Además de no ser tenidos en cuenta
cuando de trata de decidir las prioridades
de la investigación de nuevos medicamentos,
los enfermos de los países pobres
–especialmente los africanos– son
utilizados como cobayas para obtener
informaciones sanitarias varias que después
rentabilizarán sin que ningún porcentaje
de los beneficios obtenidos retorne
a aquéllos que quizás han pagado
con su vida. En Kenya, por ejemplo, y
bajo la responsabilidad de la
Universidad de Washington, se realizaron,
a finales de la década de los noventa,
estudios clínicos para observar la
evolución natural de la enfermedad del
SIDA. Lo que significa que, con la excusa
de que hubieran muerto igualmente,
se sometió a centenas de africanos a
pruebas complementarias para analizar
cómo iban deteriorándose hasta la muerte
a medida que avanzaba la infección
sin ofrecerles en ningún momento el tratamiento
que podría haberla detenido54.
En 2000, David Rothman, en el estudio
La vergüenza de la investigación
médica, demostró que en 15 de los 16
ensayos clínicos que se llevaban a cabo
en países en vías de desarrollo para estudiar
un método más económico de
prevenir la trasmisión del virus del SIDAdurante
el embarazo, las mujeres de
los grupos de control recibieron un placebo
(una pastilla de azúcar) en vez del
tratamiento con AZT que está demostrado
que evita la trasmisión maternofetal
del virus. Según la convención de
Helsinki para los protocolos éticos de la
investigación médica, lo que debería haberse
hecho habría sido comparar la
nueva alternativa terapéutica con el tratamiento
más eficaz de todos los existentes.
Esto es lo que hizo la Escuela de
Salud Pública de Harvard en su estudio
en Tailandia. Fueron los únicos que lo
hicieron así. El resto de los estudios
–que reclutaron a un total de 17.000 mujeres–
permitieron que la mitad de dichas
mujeres se sometieran a las extracciones
de sangre y las pruebas
complementarias requeridas en los protocolos
de estudio y tomaran diariamente
una pastilla que era de azúcar y
no servía para nada mientras su salud
iba empeorando por falta de tratamiento
y el virus iba infectando a los hijos
que llevaban en su vientre55.
23
50.

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